Perfiles urbanos
Exclusivo de NOVA

Ricardo Barreda cumple la cuarentena en un geriátrico del Gran Buenos Aires

El cuádruple homicida Ricardo Barreda reflexiona: “La vida es algo muy complejo". (Foto: NOVA).

Por Pablo Marti, especial para NOVA

La figura de Ricardo Barreda cobró notoriedad pública luego de que el domingo 15 de noviembre de 1992, en su casona de 48 entre 11 y 12 de La Plata, asesinara con una escopeta marca Víctor Sarrasqueta a su esposa Gladys Margarita Mac Donald (57), su suegra Elena Arreche (86) y sus hijas Celina (26) y Adriana (24).

El odontólogo intentó simular el crimen como un robo a su casa, pero su coartada, débil de sustentos, lo condujo a la inmediata detención. Fue juzgado en 1995, cuando se confesó autor de los asesinatos y pese a intentar justificarlos como una reacción a los maltratos y humillaciones que recibía por parte de ellas, fue condenado a prisión perpetua (la pena máxima de nuestro Código Penal).

Luego de cumplir su condena y lograr la libertad definitiva en 2016, paradójicamente, muy poco pudo disfrutar de la misma. La salud comenzó a jugarle una mala pasada y su vida pareció convertirse en una constante de encierros.

Sus últimas apariciones públicas fueron en las calles céntricas de San Martín (luego de estar internado casi un año en un hospital de General Pacheco), cuando cada día salía del hotel donde vivía a realizar sus compras y almorzar en un bodegón o en una parrilla frente a la estación de trenes donde era habitué.

Su vida parecía desarrollarse de manera normal, hasta que en julio de 2019 sufrió un cuadro de neumonía que requirió trasladarlo de urgencia al Hospital Eva Perón (ex Castex) de la misma localidad bonaerense.

Si bien a los pocos meses contaba con el alta médica, no estaba en condiciones de volver a vivir solo ni manejarse por sus propios medios, por lo que las autoridades de hospital decidieron tenerlo internado hasta gestionar el traslado a un geriátrico.

De esta manera, surgió un nuevo desafío para PAMI: lograr conseguir una vacante en un asilo de ancianos que se dispusiera a aceptar una figura tan controvertida como la del homicida.

El pasado 10 de marzo, en silla de ruedas y con un avanzado estado de debilidad, arribó al que quizás sea su último hogar, un geriátrico del partido de José C. Paz, al norte del Gran Buenos Aires.

Al día de hoy, ha superado con éxito su período de adaptación y muestra una considerable mejoría; solo resta trabajar con su recuperación física para que pueda volver a caminar.

Manifestó que siente miedo de morirse y que le cuesta entender cómo el ser humano se puede deteriorar tan rápidamente. No obstante, se permite ilusionar con dos sueños por cumplir, volver a ver jugar a su Estudiantes de La Plata y viajar a Mar del Plata a reencontrarse con una de sus amantes.

En sus días en el Castex, alguien le pregunto cuál era su concepto de la vida y no tardó en responder: “La vida es algo muy complejo…para vivirla hay que tener cabeza…y a Barreda le faltó eso, cabeza…”.

El próximo 16 de junio será su cumpleaños 85, que seguramente pasará en compañía de dos de sus amigos de los últimos tiempos que jamás dejaron de ir a verlo. Sufre demencia senil y si bien tiene días lúcidos, en otros le cuesta situarse en el tiempo y el espacio. Muy poco recuerda de su pasado pero jamás olvidó los crímenes cometidos y su paso por la prisión.

Varias fueron las veces que estando en el hospital, al despertarse, lo primero que preguntaba era en que pabellón estaba y cuál el carcelero de turno.

Ricardo Barreda hoy depende de su memoria y solo hay dos caminos posibles, en el mejor de los casos podrá absolverlo de remordimientos y en el peor… sumergirlo en la soledad de la reclusión perpetua.

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