Perfiles urbanos
"El límite es uno mismo"

Flavio Wassermann: un habitante del mar que se montó al desafío de explorar las montañas sobre dos ruedas

Deportista por instinto y vocación, el joven guardavidas y profesor de educación física que alterna su trabajo entre La Plata y el partido de la Costa.
Una aventura osada sobre dos ruedas.

Por Facundo Arrechea, de la redacción NOVA

Sus padres lo nombraron Flavio, pero la vida lo bautizó como "el Rasta", un ciudadano libre que se mueve con naturalidad en un enjambre de sirenas, arenas que borran sus propias huellas y espumas donde los rayos del sol rebotan bajo un cielo celeste que se parece al color de sus ojos, que miran el horizonte, como faros eficaces.

Llegó al mundo en Santa Teresita, partido de la Costa, hace 35 años, “rodeado de la cercanía del mar” -como él mismo define- y desde hace 17 se desempeña como guardavidas en el mismo lugar que lo vio nacer, pero se reconoce amante del deporte “desde toda la vida”, alternando, desde su niñez, sus horas de ocio entre el fútbol y la natación.

Después de su etapa de escolarización, tomó la decisión de radicarse en La Plata –donde actualmente trabaja como profesor de educación física por fuera de la temporada estival-, con el objetivo de conocer la ciudad, cambiar un poco de aire y emprender el profesorado de Educación Física.

“Siempre me gustó correr, también las bicicletas”, define, a tal punto de participar durante casi cinco años de competencias de triatlón, actividad que abandonó para incursionar en el cicloturismo, lo que lo llevó a conocer gran parte de América.

Recuerda, con nitidez y un dejo de nostalgia, su aventura sobre ruedas con la brújula apuntando hacia Nicaragua, una idea cuya concreción se fue estirando por falta de tiempo, necesidad de trabajo y otros imponderables. Después de terminar la carrera y de volver a su arena natal, se dieron las condiciones y el sueño comenzó a tomar forma. Corría el año 2014.

“Con un compañero, nuestra idea era recorrer parte de Sudamérica; teníamos una página de facebook que se llamaba ´Sudamérica a pedal’. Decidimos salir después de que terminó mi temporada, por eso el viaje se planificó para un tiempo de nueve meses”, relata Flavio, quien sentencia: "El límite es uno mismo".

El periplo comenzó en la provincia de Tucumán –Noreoste argentino-, a donde llegó junto a su coequiper en tren desde la estación porteña de Retiro, con el propósito de acortar las distancias del osado viaje.

“Ahí comenzamos a pedalear; el objetivo era conocer dos o tres puntos diferentes. Empezamos a pedalear, a meterle pata. Hubo tramos bravos, con subidas complicadas; el cambio de clima, el cruce de la cordillera..., pero estábamos bien preparados física y mentalmente”, rememora, mientras escanea con atención los movimientos de los veraneantes que ingresan al mar.

Una vez que llegaron a Nicaragua, emprendieron el descenso por el tramo atlántico Nicaragua-Costa Rica- Panamá, para terminar el viaje a principios de diciembre en Bogotá, Colombia, donde abordaron un colectivo de regreso a Buenos Aires, punto cardinal donde volvieron a montarse a la bicicleta para terminar su singular peripecia en el partido de la Costa. Fueron un total de más de 11 mil kilómetros sobre ruedas.

Un anfitrión de sobremesa

"La hermosura reside en Colombia", ilustra, al describir como una pátina uno de los destinos de su viaje, mientras degusta un asado regado con buen vino compartido -en su propio hogar, ubicado a 300 metros de su puesto de guardavidas-, con novatos aprendices que querían experimentar los desafíos que impone la bravura del mar y la hostilidad de las olas, que hacen temblar el cuerpo con la energía inefable de sus movimientos.

Tres visitantes que se animaron a ingresar al Atlántico, en diciembre pasado, entre banderines rojos y negros que anunciaban la necesidad de una extrema precaución. Como se dice en la jerga: "Un mar picado".

-"¿Qué saben de nadar"?, preguntó "el Rasta", con voz entre ingenua y firme, en la antesala del ritual de ingreso al océano del trío de "nadadores" primerizos, a quienes aceptó guiar en una breve pero intenso ingreso con el único complemento de un torpedo que sirvió de boya de flotación y eventual herramienta de descanso cuando las olas desdibujan el rumbo del nado y aflojan los músculos con su vaivén constante. Una experiencia difícil de olvidar.

La respuesta de los voluntarios, que se dejaron apadrinar por Flavio mar adentro durante 12 minutos -que parecieron siglos- fue concreta pero insuficiente: simples hombres cuya máximas virtudes eran, (dijeron en consonancia), evitar ahogarse en piletas convencionales de aguas inmóviles y calmas; una relativa capacidad de flotación y conocimientos escasos de estilos practicados en natatorios de la ciudad de La Plata.

-"Bueno, olvídense, de todo lo que aprendieron: esto es otra cosa", advirtió, sereno y severo, antes de guiar el ingreso a un mar agitado y movedizo, que impuso una dinámica propia sobre el recorrido pautado. Un agua impredecible, sin cloros, barrefondos ni patitos amarillos inflados de plástico que avistar.

La mini aventura –incluyó un precalentamiento a trote sostenido sobre la ardiente arena- que se coronó con un amigable asado, entre brindis, abrazos y agradecimientos.

Un ritual de amistad que dejó la puerta abierta a una nueva visita, que se dará en cualquier momento, porque, como decían los viejos marinos, “el mar casi siempre te da una nueva oportunidad”.

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