Perfiles urbanos
Murió a los 46, en el 2001

El "Negro" José Luis, un emblema del tablón tripero, a 62 años de su nacimiento

Por siempre "Negro". Lideró Junto a Marcelo Amuchástegui a "La 22", la falange gimnasista (Foto: Archivo)

Los caprichos del calendario indican que un 2 de noviembre del año 1954, apenas uno antes del derrocamiento de Juan Domingo Perón en manos de la llamada “Revolución libertadora”, un símbolo del la populosa hinchada gimnasista nacía para dejar su huella indeleble en el memorial de la ciudad de La Plata, esa urbe mezcla de pueblo y metropolis que lo vio crecer junto a otros guapos del tablón entre pintorescos rituales de barrio, proezas callejeras y gestos que ayudaron a definir una controvertida personalidad.

José Luis Torres, eternizado por varias generaciones de platenses simplemente como “Negro”, dejó la vida terrenal 46 años después, víctima de una enfermedad que le aquejaba desde hacía tiempo. Fue en la tarde de un triste 7 de junio del también fatídico 2001, tras dos semanas de internación en el Hospital Gutiérrez, donde iban a operarlo de la vesícula. Hoy cumpliría 61, otro arbitrio del almanaque y el destino.

Entre el traperío y aullidos de guerra santa, se lo vio sembrar de semillas el verde bosque y subir con paso firme la tribuna para instalarse en un paraavalancha y gritarle a los amargos de enfrente que “el lobo la tiene más grande”.

Fue un prodigio miembro de La 22, donde compartió liderazgo con un inolvidable lugarteniente: Marcelo Amuchástegui; o simplemente “el Loco Fierro”, otro habitante de las bravías calles, de diagonales y adoquines, que también partió más temprano que tarde para teñir su nombre de azul y blanco en el inefable cielo –murió en Rosario, baleado por la policía-.

José Luis comenzó a forjar su nombre como leyenda desde muy joven. Se lo vio en la cancha a edad precoz, siempre abrazado a una pasión incondicional por la azul y blanca que no cesó en el tiempo.

Ya en la adolescencia, cuando promediaba la difícil década del 70´, sobrevinieron el engrosamiento de un prontuario policial, los ingresos por largos períodos en comisarías, las riñas e imposiciones de respeto en movilizaciones peronistas –fue militante entusiasta de la Juventud Peronista- o boliches donde perdió y ganó en dosis parejas.

Hay miles de anécdotas que lo pintan de cuerpo entero, como cuando en Avellaneda paró un tren imponiéndose en el medio de la vía para poder subir e ir a ver a su querido “Lobo”. O cuando en un memorable recital de Polifemo, en el club Atenas, logró que una tribuna repleta se bajara hacia el campo para pelearse mano a mano con los que tenían una mejor ubicación. (“Peleaba porque le gustaba pelear”, lo describen quienes lo conocieron de cerca)

Se lo recuerda en sus últimas semanas sentado sólo o acompañado de su infaltable perro -pañuelo al cuello- en un banco de Plaza Italia, donde con con mueca tranquila, entre “hippies” y “fumatas”, en tardes de sol lo visitaban amigos y lo curioseaban transeúntes y extraños. Fue un personaje singular y un habitante de la muchedumbre entrañable: leal, polémico, valiente…, por momentos sombrío.

Se sabe que Los Redonditos de Ricota –banda de la que gustaba disfrutar, entre otras, como buen “rocker”- escribieron en su nombre el conocido hit “La Gran Bestia Pop”, un himno del cancionero popular que lo referencia sugestivamente.

Se dice que la muerte de su padre, un empleado de la petrolífera YPF lo marcó para siempre, cuando era apenas un pendejo. También que despertó su lado más sensible, muchos años más tarde, cuando agonizaban los años 90´, el nacimiento de su hija, a quien bautizó Paloma Azul. Preguntando sobre ella fueron justamente sus últimas palabras. Tenía tan solo 4 años al momento del “adiós”.

Como relata Gabriel Fernández la mejor crónica redactada sobre su historia (Diario página 12, una semana después de su muerte), sus últimos días los pasó junto a dos hinchas del grupo: el Volador y el Torugo. Una bandera azul y blanca lo envolvió al final. Varias camisetas de los Redondos lo despidieron. Manos nudosas hicieron la V…”

Desde la copa de algún añoso árbol, o montado en la cima de una nube, a los 62, estará contemplando junto a los suyos la intimidad del espeso bosque, ese reducto platense donde el corazón manda.

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